Muchos hombres llegan a consulta con una idea bastante clara de lo que creen que deberían ser en la cama: potentes, incansables, dominantes… Un buen “empotrador”, vaya. Pero, tenerla dura mucho rato, aguantar sin correrse y penetrar sin parar ¿es realmente sinónimo de buen sexo? Parece que no. Así que hoy hablaremos sobre qué es ser un empotrador realmente y por qué esta idea está tan lejos del placer real que sentimos muchas mujeres.

El mito del empotrador: ¿de dónde viene esta idea?
La figura del “empotrador” viene de un modelo muy influenciado por el porno: un hombre que lo tiene siempre duro, que aguanta muchísimo durante la penetración, y que da golpes rápidos y constantes, como si eso fuera el centro del buen sexo. Este modelo se ha idealizado, pero tiene poco que ver con la idea de placer que tienen muchísimas mujeres.
En consulta, muchas mujeres expresan lo mismo: ese tipo de relación sexual no es excitante, puede llegar a ser molesta e incluso dolorosa. Entonces, ¿por qué seguimos creyendo que eso es lo deseable?
¿Qué es ser un empotrador? (de verdad)
Si lo piensas, ser un empotrador tiene poco que ver con el deseo y el disfrute. En muchos casos, este perfil se centra más en rendir o demostrar, más que en conectar. El foco está en el pene, en durar, en dar sin parar. Pero el sexo no es una maratón, y mucho menos una competición.
No es cuestión de “dar fuerte” o “aguantar más”, sino de prestar atención a lo que excita a tu pareja. Y para eso, lo primero es salir del piloto automático y empezar a preguntar, observar y escuchar.
Penetrar durante mucho rato no es sinónimo de buen sexo
Muchas personas piensan que cuanto más dura la penetración, mejor. Pero la realidad es que el clítoris, que es el principal órgano de placer en las mujeres, está fuera de la vagina. Y la mayoría de las mujeres no tienen orgasmos solo con penetración.
De hecho, cuando un hombre insiste durante minutos y minutos con penetraciones intensas y sin pausa, lo que suele ocurrir es lo contrario: la excitación baja, empieza a doler, escuece, o directamente desconectamos.
El placer está en la conexión, no en la demostración
En vez de querer demostrar que eres un empotrador, céntrate en lo que de verdad excita a tu pareja. El deseo se construye con seguridad, comunicación, atención y juego. Con caricias, besos, miradas, pausas… y, sobre todo, con la idea de que el sexo no es solo meterla y aguantar.
La conexión emocional y física, cuando es real, tiene muchísimo más impacto que cualquier técnica espectacular. Y eso se nota.
¿Y si dejamos de aspirar a ser empotradores?
Quizá ha llegado el momento de dejar de preguntarnos qué es ser un empotrador y empezar a preguntarnos: ¿qué es dar y recibir placer de verdad? ¿Qué deseo yo? ¿Qué desea mi pareja? ¿Qué nos excita mutuamente?
Por supuesto, hay momentos en los que puede apetecernos un sexo más intenso, más fantasioso, como de película. Y eso está genial. Fantasear, jugar, explorar roles o dejarnos llevar por lo salvaje también forma parte de una sexualidad sana. Pero ese tipo de encuentros no suelen ser la base de un buen sexo cotidiano. El problema es cuando ese estilo se convierte en la única referencia, como si fuera el estándar a seguir siempre. Por eso, cuanto más rompamos con estos estereotipos, seguramente mejor podremos disfrutar del sexo de una forma sincera, consciente y placentera para todos.
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